El Secuestro de William Jenkins
Ruiz Harrel, Rafael, 1992


~ DIVERGENCIAS ~
19 de octubre, 1919

Sin más experiencia política que la de haber ido a Querétaro a aplaudir a Carranza, función única de los diputados constituyentes de probada lealtad, y molesto de no ser nunca sino "el menor de los Cabrera", recibió el gobierno convencido de un solo principio: la autoridad se demuestra reprimiendo.

~CONVERGENCIAS~
20 de octubre, 1919

Aquel día, mientras esperaba  los papeles de Jenkins, Luis Cabrera se quitó los finos lentes de oro y los limpió cuidadosamente con un pañuelo, miestras veía al vacío sin mirar, sonriendo al entender que esas dos oficinas habían permanecido intocadas porque la existencia del país no tenía otro sustento. Al desembarazarse de excusas y demagogias resultaba evidente que la estructura del poder se reducía, en México, al eje que unía a esos dos despachos.

Todo lo demás era comprable y por lo tanto prescindible: generales, votos, jueces, gobernadores, diputados. Había muchos caminos para alcanzar la presencia -la bobaliconería, como en el caso de Madero, la traición en el de Huerta, o la necedad, como en Carranza-, mas para ser presidente no había sino uno solo, y era imposible recorrerlo sin la oficina del otro extremo, la que recaudaba y producía los pesos detrás de cada bala, de cada discurso partidario, de cada editorial favorable, de cada banderita agitada en adhesión fervorosa.

Las salidas de varios laberintos conducían a la silla presidencial, pero manejar el poder era un asunto técnico. Llegar a presidente podía ser tarea personal, pero controlar con mano firme el presupuesto, las emisiones monetarias, el control de cambios y los mecanismos de la deuda, requería de cuando menos un aliado.  Entender que la política era el arte de comprar a la gente necesaria, de saber quién, cuánto, cuándo y cómo, no servía de nada sin el amigo leal, honorable y eficaz que supiera mantener en marcha la economía del pais, llenas las cajas hacendarias, abiertas las ventanillas de pagos.

~ENTRESUEÑOS~
11 de noviembre, 1919

Los hombres -pensó el licenciado Eduardo Mestre viendo pasar por la ventanilla las últimas luces de la estación de Lechería-, somos después de todo muy semejantes a los trenes: cada uno tiene una ruta que debe seguir. No se trata de un destino fijado de antemano por los astros ni, tampoco, de un camino que cada quien decida libremente, sino de algo construido día a día por cada ser humano, sin enterarse ni saberlo, al preseguir sus intereses, atender sus terquedades, reafirmar sus cegueras. Al nacer, casi como los trenes al salir de la estación, cada hombre tiene frente así la opción de muchas rutas imaginables, pero el hecho de vivir, de caminar, le va cerrando una y otra, y otra más, hasta terminar preso en una sola vía: la del destino que ha de cumplir aun a su pesar.
 
~NOTICIAS~
1920-1924
 
Sin conceder que había estado equivocado, el 5 de otro febrero, el de 1924, apuntó que la estrategia para someter a México no era la intervención ni la violencia armadas. Ese procedimiento "tendría un costo muy elevado y destruiría muchas propiedades extranjeras". A los Estados Unidos les convenía, en consecuencia, intentar la virtud de la paciencia y seguir otro camino:
 
...México es un país extraordinariamente fácil de dominar porque basta con controlar a un solo hombre: el presidente. Tenemos que abandonar la idea de poner en la presidencia mexicana a un ciudadano americano, ya que eso llevaría otra vez a la guerra. La solución necesita de más tiempo: debemos abrirle a los jóvenes mexicanos ambiciosos las puertas de nuestras universidades y hacer el esfuerzo de educarlos en el modo de vida americano, en nuestros valores y en el respeto al liderazgo de Estados Unidos. México necesitará de administradores competentes. Con el tiempo, esos jóvenes llegarán a ocupar cargos importantes y eventualmente se adueñarán de la presidencia. Sin necesidad de que Estados Unidos gaste un centavo o dispare un tiro, harán lo que queremos. Y lo harán mejor y más redicalmente que nosostros.

No hay comentarios.: