Momo
Ende, Michael, 2009

Un viejo callado y un joven parlanchín.
-Ves, Momo - le decía, por ejemplo -, las cosas son así: a veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga, que nunca crees que podrás acabarla.
Miró un rato en silencio a su alrededor, entonces siguió:
-Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista, vez que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, al final estas sin aliento. Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer.
Pensó durante un rato. Entonces siguió hablando: - Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez. ¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que el siguiente.
Volvió a callar y reflexinar, antes de añadir: entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser.
Después de una nueva y larga interrupción, siguió: -De repente se da uno cuenta cómo ha sido, y no se está sin aliento.
Asintió en silencio y dijo, poniendo punto final:
-Eso es importante.
La cuenta está equivocada, pero cuadra.
Existe una cosa muy misteriosa, pero muy cotidiana. Todo el mundo participa de ella, todo el mundo la conoce, pero muy pocos se paran a pensar en ella. Casi todos se limitan a tomarla como viene, sin hacer preguntas. Esta cosa es el tiempo.
Hay calendarios y relojes para medirlo, pero eso significa poco, porque todos sabemos que, a veces, una hora puede parecernos una eternidad, y otra, en cambio, pasa en un instante; depende de lo que hagamos durante esa hora.
Porque el tiempo es vida. Y la vida reside en el corazón.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario