El Libro de la Risa y el Olvido,
Kundera, Milan, 2013.

Primera parte
Las cartas perdidas
La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.
Segunda parte
Mamá
Digámoslo de otro modo: toda relación amorosa se basa en una serie de convenios que, sin escribirlos, los amantes establecen imprudentemente durante las primera semanas de amor. Están todavía como en un sueño, pero al mismo tiempo, sin saberlo, redactan como abogados implacables las cláusulas detalladas del contrato. ¡Oh amantes, sed cautelosos durante esos peligrosos primeros días! ¡ Si le lleváis al otro el desayuno a la cama, os veréis obligados a hacerlo siempre, a menos que queráis ser acusados de desamor y traición!
Karel oía el sonido del agua en la bañera y las risas de las dos mujeres y se daba cuenta de que nunca había podido vivir como quería, tener las mujeres que quería y como quería. Tenía ganas de escaparse a algún sitio donde pudiera hilar su propia historia, solo, a su manera y sin la vigilancia de ojos amantes.
Y en realidad, ni siquiera le interesaba hilar ninguna historia, simplemente quería estar solo.
Tercera parte
Los ángeles
<<¿Reír? ¿Acaso nos preocupamos alguna vez por reír? Quiero decir reír de veras, más allá de la broma, de la burla, del ridículo. Reír, goce inmenso y delicioso, todo goce...
Risas estalladas, proseguidas, atropelladas, desencadenadas, risas magníficas, suntuosas y locas... y reíamos al infinito de la risa de nuestras risas... Oh risa, risa del goce, goce de la risa; reír es vivir tan profundamente>>.
... la muerte es un fragmento de alegría y que solo el hombre le teme porque está miserablemente apegado <<a su pequeño yo y a su pequeño poder>>.
Pero hay una cosa más por la que recuerdo aquella última reunión con R. Siempre la quise del modo más inocente y menos sexual posible. Como si su cuerpo hubiera estado siempre perfectamente escondido tras su resplandeciente inteligencia, tras la corrección de su comportamiento y el buen gusto de su vestimenta. Aquella chica no me había dejado ni el más pequeño intersticio a través del cual poder apreciar el relámpago de su desnudez... Estábamos sentados en el sofá del piso prestado, desde el retrete se oía el ruido del agua que llenaba la cisterna y a mí me atacó un deseo furioso de hacerle el amor. Más exactamente: el deseo furioso de violar la. De echarme encima de ella y estrecharla en un solo abrazo con todas sus contradicciones insoportablemente excitantes, con sus vestidos perfectos y sus tripas rebeldes, con su inteligencia y su miedo, con su orgullo y su vergüenza.
Cuarta parte
Las cartas perdidas
Yo le repito lo que ya le dije. Me siento a gusto con usted, aunque sé que no se va a acostar nunca conmigo.
Hizo un esfuerzo para decir <<sé que no se va a acostar nunca con migo>>, solo para demostrarse que es capaz de decirle a los ojos a esa mujer inaccesible ciertas palabras (aunque sea tomando la precaución de pronunciarlas en forma negativa) y se encontró a sí mismo osado.
Sexta parte
Los ángeles
-Para liquidar a las naciones -decía Hübl-, lo primero que se hace es quitarles la memoria. Se destruyen sus libros, su cultura, su historia. Y luego viene alguien y les escribe otros libros, les da otra cultura y les inventa otra historia. Entonces la nación comienza lentamente a olvidar lo que es y lo que ha sido. Y el mundo circundante lo olvida aún mucho antes.
-¿Y el idioma?
-¿Para qué nos lo iban a quitar? Se convierte en un mero folklore que muere, al cabo de un tiempo, de muerte natural.
Séptima parte
La frontera
Jan piensa que al comienzo de la vida erótica del hombre existe la excitación sin placer y al final el placer sin excitación.
La mirada masculina ha sido descrita ya con frecuencia. Al parecer, se posa fríamente sobre la mujer como si la midiese, la pesase, la valorase, como si la eligiese; entre otras palabras, como si la convirtiese en una cosa.
Pero lo que es ya menos sabido es que la mujer no está tan completamente indefensa ante esa mirada. Si se ve convertida en una cosa, mira por lo tanto al hombre con los ojos de una cosa. Es como si el martillo tuviera de repente ojos y mirase fijamente al albañil que clava con él un clavo. El albañil ve los ojos maliciosos del martillo, pierde su seguridad y se da un martillazo en el dedo gordo.
El albañil es el dueño del martillo, pero el martillo lleva las de ganar sobre el albañil, porque sabe exactamente cómo hay que actuar con él, mientras que el que utiliza el instrumento solo puede saberlo aproximadamente.
La capacidad de mirar convierte al martillo en un ser vivo, pero un buen albañil debe soportar su mirada insolente y con mano firme convertirlo de nuevo en una cosa. Parece ser que la mujer experimenta de este modo el movimiento cósmico hacia arriba y hacia abajo: la ascensión de la cosa a la categoría de ser y la caída del ser a la categoría de cosa.
Tras un momento de meditación ella añadió:
-Al fin y al cabo, hacer el amor no es una cosa tan importante.
Jane aguzó el oído:
-¿Tú crees que hacer el amor no es tan importante?
Le sonrió con ternura:
-No, hacer el amor no es algo tan importante. Repentinamente se olvidó de todo aquel debate, por que en aquel momento había comprendido algo mucho más importante: para Hedvika, el amor físico no era más que un signo, un acto simbólico de confirmación de la amistad.
Esa noche se atrevió por primera vez a decir que estaba cansado. Se acostó junto a ella en la cama como un amigo casto y no puso el carrete en marcha. Acarició con ternura su pelo viendo que sobre su futuro común pendía consolador un arco iris de paz.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario