De Lengua Me Como un Plato
Algarabía, 2007

Lengua y Dialecto

Se cuenta la anécdota de un viejo profesor español -aislado en Estados Unidos- que, harto de sus colegas estadounidenses, de las hamburguesas y de hablar mal el inglés, viajó hacia el sur para darse un descanso y deleitar nuevamente sus oídos con la lengua de Cervantes.


Pero, ¡oh, sorpresa!, nada más llegar a la ciudad de México -primera escala de su viaje- y, sin haber salido del aeropuerto, empieza a sospechar que su idea no ha sido todo lo buena que pensaba, cuando escucha al maletero decirle: <<¡Abusado, joven! No vaya a dejar sus petacas en la banqueta, por que se las vuelan>>, frase que deja a nuestro turista en blanco, pues sólo entiende las palabras no, dejar, en y porque.


Después de muchas peripecias similares, piensa en cambiar de país y viaja a Colombia... a Bogotá, para ser más precisos, donde no le va mucho mejor: en una visita de cortesía le preguntan si <<se le apetece un tinto>>, acepta, y tiene que conformarse con una taza de café, en lugar del vino tinto que imaginaba. Su recorrido por otros países de América continúa y sus tropezones lingüisticos también. Cansado de no entender, o de entender mal lo que le dicen, se traslada a la tierra que lo vio nacer y en la que aprendió a hablar; su frustación no tiene límite al escuchar a un pariente decir: <<Vale, tío, me marcho a currar>>


Resumiendo: una misma lengua tiene un significado distinto en cada uno de los lugares donde se habla; estas variantes geográficas reciben el nombre de dialecto y su estudio se denomina dialectología.


Por lo general, y a diferencia de lo que sucede en nuestra anécdota, la comunicación entre los hablantes de un dialecto y otro se da sin mayor dificultad, pues son más los elementos en común que los diferenciadores, es más lo que nos une que lo que nos separa; así, podemos conversar y entendernos con un yucateco, un veracruzano, un chihuahuense, un regiomontano, un madrileño, un andaluz, un bonaerense o un bogotano, por que compartimos la lengua española, aunque nuestra pronunciación, entonación, así como ciertas construcciones y palabras, sean distintas, pues hablamos dialectos diferentes de esta lengua.


Desde este punto de vista, resulta incorrecto llamar dialectos en tono peyorativo a las lenguas indígenas de América. El náhuatl, el maya, el otomí, el quechua, por mencionar algunos, son lenguajes, sistemas estructurados que permiten la comunicación entre sus hablantes, al igual que el español, el inglés, el japonés o el chino la permiten a los suyos. Y existen también variantes geográficas -dialectos- del náhuatl, del maya, del otomí, del quechua, atendiendo a los distintos lugares donde se hablan: en Milpa Alta, en Xochimilco, en Guerrero, en Veracruz, encontramos diferentes dialectos del náhuatl.


El tabú lingüístico

En todas las sociedades existen ámbitos, aspectos de la vida y formas de comportamiento -diversas en cada caso particular- sujetos a restricciones o prohibiciones, a los cuales se les suele dar el nombre de tabú. Ejemplos de esto son las cosas que no se pueden tocar, animales que no se pueden matar o comer, personas con las que no se puede interactuar en alguna forma, o gestos y actitudes que no se pueden asumir.


Tabú es una palabra que el español tomó del inglés taboo y éste del polinesio tabu, que significa <<prohibido>>.


Esta prohibición establecida por el tabú suele afectar no sólo a las personas, animales o cosas referidos, sino también a las palabras que los nombran, y es aquí donde entramos al terreno del tabú lingüístico: palabras que no se pueden mencionar, porque atraen fuerzas negativas, ofenden a la divinidad, a nuestros semejantes, o bien, porque son consideradas <<sucias>> o, simplemente, de mal gusto. Al estar vedadas -no legalmente, sino desde un punto de vista social, moral o religioso-, en su lugar se emplean otras, no convertidas en tabú, que funcionan como eufenismos, es decir, como términos <<inofensivos>>. Ahora bien, los eufenismos, en el uso y con el paso del tiempo, se van contaminando con los valores negativos de las palabras que sustituyen y se van transformando poco a poco, a su vez, en palabras tabú, por lo que, en un cierto momento, son sustituidas por nuevos términos, y así sucesivamente.


Tabú del Miedo:


Aspectos religiosos y supersticiones se asocian con este tabú, que implica la negación a pronunciar nombres de determinados seres sobrenaturales, animales u objetos que, se supone, poseen ciertos poderes, generalmente negativos, para no provocarlos. En su lugar, se utilizan múltiples eufenismos.


Tabú de la Delicadeza:


En muchas culturas es común evitar la referencia a cuestiones molestas o desagradables, como la muerte, las enfermedades físicas o mentales, la vejez, los crímenes y otras.


En México contamos con un vocabulario amplísimo -y en constante renovación- relacionado con los conceptos muerte, morir y matar. ¿Quién no ha oído o usado términos como la calaca, la flaca, la huesuda, la tía de las muchachas o la catrina, para referirse a la muerte? Cuando nos ponemos solemnes utilizamos fallecer, expirar, pasar a mejor vida o nacer para la vida eterna, como sinónimos de morir; pero en tono festivo, nos referimos al mismo concepto con formas como estirar la pata, colgar los tenis, chupar faros o entregar el equipo: <<No se murió, se nos adelantó>>.


Finalmente, maldecir es también tabú; por ello, es más común que digamos que no llega el bendito recibo de luz o que hay que pagar el bendito coche, cuando lo que queremos expresar es un ¡maldita sea!


Tabú de la Decencia:


Este tabú se relaciona con palabras referentes al sexo, ciertas partes del cuerpo y sus funciones, y con las erróneamente llamadas malas palabras. Como este veto varía de acuerdo con la época, la cultura y el grupo social, la fuente de ufenismos es inagotable.


¿Cuántas formas podemos encontrar para nombrar al baño, W.C., escusado o tocador? Y cuando lo que queremos decir es que vamos a orinar, decimos que vamos a pipintarnos, a mi arbolito u orinita vengo o fue a regar las flores, a echar una firma, a su rancho, a donde el rey va solo, etcétera.

Hay partes del cuerpo para las que existen nombres al infinito. Si no lo cree, aquí le presentamos una pequeña lista que utilizamos para referirnos a las nalgas o glúteos: pompas, pompis, trasero, asentaderas, asiento, posaderas, posas, petacas, nachas, ignacias, náilon, cabús, ancas, bote, cajuela, cachetes, Kíkara y Pomponia, tepalcuanas, ponchas, ponchis.


Lengua y Género


Por género entendemos las categorías gramaticales de masculino, femenino y neutro en lenguas como el español, donde los sustantivos y adjetivos tienen que corresponder a uno u otro: la casa, el perro, el o la sartén, etcétera.


El género es un concepto meramente gramatical que no tiene nada que ver con el sexo. El hecho de que el sustantivo silla rija el género femenino -la silla blanca, la silla alta,la silla negra- no quiere decir que sea mujer ni mucho menos. Lo masculino o femenino en la lengua no tiene nada que ver con lo femenino o masculino en la vida. De hecho, en muchas lenguas hay género dual o neutro.


Los dos conceptos se han llegado a confundir tanto que, algunas feministas se han enojado por el uso de cierto género gramatical y han tratado de pelear por alternativas a ciertas palabras: femicidio por homicidio o girlcot por boicot, lo que, más que absurdo, resulta totalmente inútil, ya que el género es algo que se da en forma casi aleatoria.

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