Diles que son cadáveres
Soler, Jordi, 2011
<<Diles que don cadáveres y que jamás resucitarán de entre los muertos>>. Dos días más tarde el poeta navegaba rumbo a Irlanda con el proyecto que tanto había anunciado y con uno más íntimo y quizá más sólido: iba buscando el rastro de los celtas, las bases del universo precristiano que, según había averiguado, se conservaba en esa isla.
En una carta a Anne Manson, donde explicaba el motivo, y la urgencia, de su viaje, escribió esta declaración: <<Si vuelvo dentro de tres meses será a causa de una terrible necesidad y habrá que optar entre estar conmigo o contra mí, pues ya no habrá término medio>>. Mes y medio más tarde, la mitad del tiempo que le parecía el mínimo aceptable, Artaud sería expulsado de Irlanda y regresaría a Francia encerrado en un camarote. Efectivamente, ya no habría término medio y el resto de su vida lo pasaría internado en un manicomio.
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Tenía miedo pero, como es bien sabido, el miedo nunca ha sido suficiente para impedir ciertas acciones, no sirve ni para eso el miedo, y yo estaba ahí solo compareciendo ante mi alma, ante las enfermedades de mi alma, quiero decir. Mi alma era un pájaro despelucado por los aironazos del corazón y aquella rara energía me daba alas, me hacía sentir dos palmos por encima de la chusma burocrática, del oficinismo rascuache que hasta hacía unas horas me oprimía esa alma enferma que, por obra y gracia de aquella rara energía, se había convertido en un soplo que me impulsaba hacia adelante y me hizo entrar a la embajada en una especie de estado levitatorio.
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... mientras yo pensaba, no sin asombro, que un padre es una voz fuerte y autoritaria, una orden, una ruta trazada en la estela de un grito que el hijo sigue obediente, hasta cuando no es el hijo de ese hombre que le grita, como era nuestro caso entonces; el caso hamletiano del hijo que se mueve y actúa según lo dicta la voz del padre, no importa que el padre sea un espectro, un fantasma o un actor como lo era yo mismo frente a Jack: el padre es una voz.
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