Ciberíada
Lem, Stanislaw, 1988

Expedición primera,
o la trampa de Garganciano
El sabio monarca profesaba una teoría que llevaba a la práctica: la de la felicidad universal. Es bien sabido que el hombre no ríe porque está alegre, sino que está alegre porque ríe. Cuando todos dicen que las cosas van perfectamente bien, el ambiente mejora en seguida.
Expedición sexta,
o cómo Turl y Clapaucio crearon
a un Demonio de Segunda Especie
para vencer al pirata Morrón
En cambio, el saber sacia el hambre del conocimiento. Se sabe, por otra parte, que todo lo que existe es información.
Expedición séptima,
o cómo su propia perfección puso a Turl
en un mal trance
El Universo es infinito, pero limitado, por cuya razón un rayo de luz, adondequiera se dirija, volverá al cabo de miles de millones de siglos al punto de partida, si tiene suficiente fuerza; lo mismo suele ocurrir con las noticias que giran entre estrellas y planetas.
Cuentos de las tres máquinas fabulistas
del rey Genialón
No te extrañes, pues, tampoco de la pobreza del rey, ya que recibirás un pago generoso, aunque, tal vez, no en monedas de oro. Requerda que no todas las hambres se pueden saciar con oro.
- Hay dos especies de sabiduría: una incita a la acción, la otra la frena. ¿No crees, insigne Turl, que la segunda es más honda? Porqué sólo el pensamiento de alcance infinito puede prever las remotas consecuencias de una acción emprendida, unas consecuencias que pueden convertir en problemática la acción que las había sucitado. Ergo, la perfección puede consistir en la renuncia a la acción. Y la diferencia entre la sabiduría y la razón estriba en la capacidad de aquélla para describir esta diferencia...
En cambio, el que sabe efectuar su propia transformación no puede atribuir sus imperfecciones a nadie en el mundo. Sino está satisfecho, no puede culpar a nadie de ello, excepto a sí mismo.
Me reveló que era el último sabio que quedaba en Bobalicia y empezó, sin perder tiempo, a convencerme de que el bienestar, cuando era excesivo, hacía más daño que la pobreza. No tuvo que esforzarse mucho, por cuanto yo mismo estaba seguro de ello. ¿Acaso no equivale el tenerlo todo a no tener nada? ¿Y cómo se puede decidir y escoger cuando el ser racional, rodeado de todos los paraísos del mundo, se vuelve indiferente ante la posibilidad automática de ver cumplidos todos sus deseos?
-Señor -dijo Turl-, me ponéis en una situación difícil. Si digo mi precio y lo obtengo, lamentaré después, tal vez, no haber pedido más. Por otra parte, no está en mis intenciones ofender a Su Majestad con unas exigencias exageradas. En tal caso, dejo a la benevolencia real el cuidado de fijar la cuantía de mis honorarios...
-Acepto tu porposición -contestó el rey con una sonrisa amistosa-. Las narraciones eran buenísimas y las máquinas, perfetas. Por tanto, no veo otra solución que no sea la de ofrecerte el mayor tesoro, que no cambiarías, estoy seguro, por ningún otro. Te ofrezco la salud y la vida: presumo que es un premio que te corresponde. Cualquier otro me parecería inaceptable, ya que no hay cantidad de oro suficiente para pagar la Verdad y la Razón. Vete, pues, en paz, amigo, y sigue ocultando al mundo verdades demasiado crueles para él, y dándoles, para disimular, el aspecto de unos cuentos...
-Majestad - dijo Turl, estupefacto-, ¿es que vuestra primera intención fue la de privarme de la vida? ¿Éste debía ser mi premio?
-Tienes la libertad de interpretar mis palabras a tu antojo -contestó el rey-. En cuanto a mí, te diré cómo las entiendo yo: si sólo me hubieras divertido, mi generosidad no hubiera tenido límites. Pero has hecho más que esto. Por tanto, ninguna riqueza puede tener el mismo valor que tu obra. Dándote la posibilidad de continuarla, te ofrezco en pago el premio más alto de que dispongo...
Expedición sexta,
o cómo Turl y Clapaucio crearon
a un Demonio de Segunda Especie
para vencer al pirata Morrón
En cambio, el saber sacia el hambre del conocimiento. Se sabe, por otra parte, que todo lo que existe es información.
Expedición séptima,
o cómo su propia perfección puso a Turl
en un mal trance
El Universo es infinito, pero limitado, por cuya razón un rayo de luz, adondequiera se dirija, volverá al cabo de miles de millones de siglos al punto de partida, si tiene suficiente fuerza; lo mismo suele ocurrir con las noticias que giran entre estrellas y planetas.
Cuentos de las tres máquinas fabulistas
del rey Genialón
No te extrañes, pues, tampoco de la pobreza del rey, ya que recibirás un pago generoso, aunque, tal vez, no en monedas de oro. Requerda que no todas las hambres se pueden saciar con oro.
- Hay dos especies de sabiduría: una incita a la acción, la otra la frena. ¿No crees, insigne Turl, que la segunda es más honda? Porqué sólo el pensamiento de alcance infinito puede prever las remotas consecuencias de una acción emprendida, unas consecuencias que pueden convertir en problemática la acción que las había sucitado. Ergo, la perfección puede consistir en la renuncia a la acción. Y la diferencia entre la sabiduría y la razón estriba en la capacidad de aquélla para describir esta diferencia...
En cambio, el que sabe efectuar su propia transformación no puede atribuir sus imperfecciones a nadie en el mundo. Sino está satisfecho, no puede culpar a nadie de ello, excepto a sí mismo.
Me reveló que era el último sabio que quedaba en Bobalicia y empezó, sin perder tiempo, a convencerme de que el bienestar, cuando era excesivo, hacía más daño que la pobreza. No tuvo que esforzarse mucho, por cuanto yo mismo estaba seguro de ello. ¿Acaso no equivale el tenerlo todo a no tener nada? ¿Y cómo se puede decidir y escoger cuando el ser racional, rodeado de todos los paraísos del mundo, se vuelve indiferente ante la posibilidad automática de ver cumplidos todos sus deseos?
-Señor -dijo Turl-, me ponéis en una situación difícil. Si digo mi precio y lo obtengo, lamentaré después, tal vez, no haber pedido más. Por otra parte, no está en mis intenciones ofender a Su Majestad con unas exigencias exageradas. En tal caso, dejo a la benevolencia real el cuidado de fijar la cuantía de mis honorarios...
-Acepto tu porposición -contestó el rey con una sonrisa amistosa-. Las narraciones eran buenísimas y las máquinas, perfetas. Por tanto, no veo otra solución que no sea la de ofrecerte el mayor tesoro, que no cambiarías, estoy seguro, por ningún otro. Te ofrezco la salud y la vida: presumo que es un premio que te corresponde. Cualquier otro me parecería inaceptable, ya que no hay cantidad de oro suficiente para pagar la Verdad y la Razón. Vete, pues, en paz, amigo, y sigue ocultando al mundo verdades demasiado crueles para él, y dándoles, para disimular, el aspecto de unos cuentos...
-Majestad - dijo Turl, estupefacto-, ¿es que vuestra primera intención fue la de privarme de la vida? ¿Éste debía ser mi premio?
-Tienes la libertad de interpretar mis palabras a tu antojo -contestó el rey-. En cuanto a mí, te diré cómo las entiendo yo: si sólo me hubieras divertido, mi generosidad no hubiera tenido límites. Pero has hecho más que esto. Por tanto, ninguna riqueza puede tener el mismo valor que tu obra. Dándote la posibilidad de continuarla, te ofrezco en pago el premio más alto de que dispongo...
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