El Retorno del JEDI
Kahn, James, 1983
Kahn, James, 1983

Hace mucho tiempo, en una galaxia lejana, muy lejana...
La inmensa profundidad del espacio. Las tres dimensiones se curvaban sobre sí mismas en pos de la negrura del infinito, una distancia sólo mensurable por las miríadas de centelleantes estrellas que se precipitaban en la sima. Extendiéndose hacia los límites. Hasta el mismísimo abismo.
Las estrellas resumían la historia del Universo. Existían viejos astros anaranjados, enanas azules, amarillentas y gigantescas estrellas gemelas. Existían estrellas de neutrones en destrucción y furiosas supernovas que siseaban en el helado vacío. Existián estrellas nacientes, estrellas pulsantes y estrellas moribundas. Y estaba la estrella de la Muerte.
Un Destructor Estelar Imperial se aproximaba a velocidad de crucero a la gigantesca estación espacial. A pesar de su gran tamaño -una ciudad en sí mismo-, se movía con pausada gracia, como un enorme dragón marino. Lo acompañaban docenas de cazas de motores iónicos dobles; aparatos con forma de insectos zumbando en torno a la nave guerrera: explorando, vigilando, aterrizando, reagrupándose.
Las estrellas resumían la historia del Universo. Existían viejos astros anaranjados, enanas azules, amarillentas y gigantescas estrellas gemelas. Existían estrellas de neutrones en destrucción y furiosas supernovas que siseaban en el helado vacío. Existián estrellas nacientes, estrellas pulsantes y estrellas moribundas. Y estaba la estrella de la Muerte.
Un Destructor Estelar Imperial se aproximaba a velocidad de crucero a la gigantesca estación espacial. A pesar de su gran tamaño -una ciudad en sí mismo-, se movía con pausada gracia, como un enorme dragón marino. Lo acompañaban docenas de cazas de motores iónicos dobles; aparatos con forma de insectos zumbando en torno a la nave guerrera: explorando, vigilando, aterrizando, reagrupándose.
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