Guadarrama Collado, Antonio, 2010

Sí, sí. Lo que pasa es que lo has olvidado. El momento ha llegado. Tú eres el Tetzahuitl Huitzilopochtli. Allá afuera está Nimbe, llevando a cabo la danza de la serpiente. Yo soy El Elegido del dios Kukulcán. Somos los símbolos de los animales sagrados: Cóatl, Balam y Cuauhtli. Somos las reencarnaciones de los dioses: Tonantzin, Kukulcán y Huitzilopochtli. Eres el dios de los aztecas. Tú traes el mensaje: La revelación del águila. Te contaré:
La cuenta de los años parece indicar que entre 1100 y 1150, grandes tormentas arremetieron contra la ciudad de los aztecas, pero no aquella que se conoce como México-Tenochtitlan, sino la antigua ciudad Aztlán. Las lluvias inundaron todo alrededor, y todo se convirtió en un inmenso lago. Los cadáveres flotaban en cantidades inimaginables. La tierra volvía a ser de nadie. Los sobrevivientes pasaban días y noches abrazados en las copas de los árboles viendo cómo las lluvias lo arrastraban todo: sus casas, sus pertenencias, sus familiares, sus amigos, sus familiares y sus alimentos. El cielo siempre nublado. Las noches siempre frías. Los días siempre tristes. El agua subía y subía. El alimento escaceaba. Los que bajaban de los árboles en busca de algo para llevarse a la boca jamas volvieron. Los niños lloraban y lloraban. Las mujeres que amamantaban a sus críos perdían peso día a día, luego todas ellas débiles y desnutridas caían al agua con sus críos en brazos por el agotamiento. Nadie bajaba a rescatarlas por el miedo a ser arrollados por las corrientes feroces. Hubo días en que la lluvia era un goteo inofensivo pero tan constante que no permitía que las corrientes bajaran. Y en las noches parecía que los cielos enardecían. Todo se iluminaba por instantes. Y en segundos un estruendoso trueno reventaba en el cielo. Era el fin y el inicio.
Cuando ya todo parecía indicar que todos morirían de hambre, las lluvias desaparecieron. Una mañana salió el sol. El agua inamovible como un espejo. Los que habían logrado sobrevivir bajaron cautelosos. El agua les llegaba al pecho. Pero necesiaban alimento. Y sabían que ahí ya no lo encontrarían. No había animales ni siembra. Todo era agua, agua por donde miraban. Buscaron algunos peces por largos ratos y al comprender que no había nada llegaron a la conclusión que de no salir de ahí morirían de hambre.
Pronto más gente comenzó a bajar de los árboles. Eran pocos. Las mujeres cargaban a sus hijos muertos. Los hombres se sumergían en el agua en busca de algo de utilidad. Nada. Todo se lo había llevado la corriente. Siguieron caminando en medio del agua todo un día y al llegar la noche se subierón a los árboles para pasar la noche. El cansancio era insoportable. No habían dormido en muchas noches. Algunos de ellos caían al agua derrotados por el sueño, y al golpear el agua despertaban aterrados. Gritaban. Y al saber que el agua les llegaba al pecho recuperaban la calma. Volvían a las copas de los árboles y se sentaban en las ramas. Hubo quienes se amarraban para no caer al agua.
Al día siguiente volvieron a bajar. El agua les llegaba a la cintura. Descubrieron que eran menos. Algunos habían muerto de hambre aquella noche. Las mujeres que cargaban a sus hijos muertos comprendieron que ya no tenía caso cargar sus cuerpos y los dejaron flotando en el agua. Caminaron todo el día sumergidos en aquellas aguas. Lloraban sin decir una palabra. Por fin llegaron a tierra seca. Buscaron comida. Recorrieron la orilla. Todos los sembradíos estaban destruidos. No se veían animales dondequiera que buscaran. De pronto encontraron un cadáver flotando en el agua. Uno de ellos corrió a sacarlo, con intenciones de comer su carne. Pero el estado de decomposición era tal que resultaba imposible siquiera acercarse a él.
Deambularon el resto de la tarde comiendo hierba y bebiendo agua del lago que se había creado, un lago que antes no exsitía. Cayó la noche y terminaron por darse por vencidos. Todos se aglutinaron debajo de un árbol para esperar el amanecer. Y sin percatarse cayeron en un profundo sueño. El cansancio no les permitió escuchar los ruidos de la noche ni sentir temor alguno. Fue tal su sueño que no se percataron cuando se hizo de día. Era ya el atardecer cuando uno de ellos despertó. El nivel del agua había bajado. Pronto los demás fueron recuperando la consciencia. Hubo unos cuantos que no despertaron. Habían muerto de hambre.
Los sobrevivientes se apuraron a buscar algo con filo. Cogieron los cadáveres y los empezaron a destazar. La gente se amontonó para obtener la mejor parte. Una mejor tajada para sus críos o para los ancianos que habían sobrevivido, lo más posible para llenar sus panzas vacías. Tragaron la carne cruda hasta saciarse. Luego volvieron a descansar.
Más tarde caminaron al lago. Descubrieron que el nivel del agua había bajado. Se metieron al agua y notaron que les llegaba a las rodillas. Siguieron caminando hacia adentro. Buscaron sus pertenencias. Recorrieron el lugar donde habían habitado todo ese tiempo y comprendieron que todo se había terminado. Aztlán había desaparecido.
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Al hallarse frente al enemigo, Tenochtli se puso de rodillas, sacó su cuchillo y le abrió el pecho. Los gritos de Cópil fueron tales que asustaron a los guerreros que con él iban. Temerosos de recibir el mismo castigo se rindieron inmediatamente. Otros salieron corriendo. Los que allí permanecieron vieron cómo Tenochtli le sacaba el corazón al hijo de Malinalxóchitl, y lo alzaba frente a su rostro mientras la sangre le escurría, y lo alzaba frente a su rostro mientras la sangre le escurría por los brazos. Sin decir más lo lanzó con gran fuerza al lago de Tezcoco.
Tenochtli cerró los ojos y tuvo en ese momento una visión profética: del corazón de Cópil brotaba un tunal y encima de él se erguía un águila.
La visión de Tenochtli -portento y presagio a la vez- lo llevó a proclamar ya el destino de la ciudad mexica: <<Esta será nuestra fama, en tanto permanezca el mundo, así durará el renombre, la gloria de México-Tenochtitlán,>>
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Tenochtli fue tiempo después ante el nuevo señor de Colhuacan y así le dijo:
-Mi señor, nuestro Dios Portentoso nos ha pedido una hija suya para hacerla diosa de los mexicas.
Achitometl quedó impresionado con aquel discurso y creído que la adorarían en vida, se las entregó esa misma tarde. Grande fue la celebración que se hizo entre los mexicas. La adoraron tal cual se lo prometieron al señor de Colhuacan, y la trataron con mucho respeto hasta el día designado en que se llevó a cabo una fiesta en su honor. Se repitió el sacrificio de cuatro hombres y se le dio muerte a la joven. La desollaron y colgaron su piel en los hombros de un mancebo que estuvo danzando frente a Huitzilopochtli por varios días.
Tenochtli fue personalmente al palacio del señor de los colhuas y le dijo que era importante que él también acudiera a adorar a la nueva diosa de los mexicas. Achitometl no imaginó lo que estaba por ver en cuanto llegara ante el altar que le habían fabricado los mexicas a su hija. Lloró, lloró de pena, lloró de ira, lloró de miedo, pues no supo qué hacer ante esto. Su hija había sido sacrificada y quiso morir ese mismo día. Pero también sabía que dicha ofensa no podía quedar impune. Se desató allí mismo una batalla. Muchos murieron esa tarde. Pero quién no murió fue la memoria de Teteoinan que luego fue llamada Tonantzin, y años después Guadalupe...
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Al anochecer el sacerdote Cuahtlequetzqui mandó llamar a todo el pueblo a una junta y les dijo:
-Hermanos, ha llegado el momento de dividir nuestra ciudad en cuatro partes, teniendo como punto central el Cú de nuestro dios Huitzilopochtli.
A la mañana siguiente tenían puesto el altar para el Dios Portentoso en el camellón, y hecharon mazorca de maíz florido, sazonada, chile, tomate, calabaza, frijol, una culebra viva y un pato real sobre los huevos, al que llevaron arrastrando los mexicas.
Pero cuando todo parecía motivo para una gran celebración, se dio entre ellos la última de las separaciones de las tribus nahuatlacas. Los que hasta el momento no estaban de acuerdo con las órdenes de Tenochtli se declararon independientes. Hubo entre ellos grande descontento. Los seguidores de Tenochtli querían que se marcharan del islote. Si bien era cierto que no deseaban continuar con ellos, los otros aseguraron que también tenían el mismo derecho pues a todos se les había otorgado el islote. Fue así que tuvieron que dividir el territorio en dos: México-Tenochtitlán y México-Tlatelolco.
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A última hora comprendieron que la vida más que compleja, es un gajo de simplismo. Simplismo y no simplonería, que no es lo mismo aunque suene parecido. Ser simplón es ser insípido, soso, aburrido; ser simplista es ser objetivo, directo, conciso. Tan simple como decir sí, la cagué, chingo a mi madre, a lo que sigue. Quizá por ello la vida se caga tanto en los humanos por que no sabemos ser simplistas. Por el contrario, nos vamos por la tangente en busca de complejidades, subjetividades, e indirectas para demostrar que siempre tenemos la razón. ¿Y quién tiene la razón? ¡A saber! Eso en realidad no importa, porque divagar en el verdadero significado de la razón es tan relativo como la verdad y la mentira, la justicia y la injusticia, y tal vez todo aquel sustantivo abstracto que suene a relativo.
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