Diablo Guardián
Velasco, Xavier, 2003
 

Ave María Purísima: me acusó de ser yo por todas partes. O sea de querer ser otra. Y hasta peor: conseguirlo, ¿aja?... Me acuso de acusar al confesor por mis pecados, y de haberlo nombrado Demonio de Mi Guardia sin siquiera explicarle la clase de alimaña que estaba contrayendo. Porque a mujeres como yo no las conoces las contraes. Como los matrimonios y las enfermedades y las deudas. Ay, mi Diablo Guardián: Dios te lo pague.

¿Quién de ellos no era yo?
 
El señor esté con vosotros... El sepelio es el fin de la primera persona. Una ocasión pomposa donde unos cuantos ellos despiden a otro yo de su nosotros, a la vez que lo envían a otro ellos, más hondo e insondable. Ellos: los que no están, ni van a estar. Los que, si un día estuvieran, nos harían correr despavoridos. ¿O no es así, despavoridos, como dicen que corren los que huyen de los muertos? Lo más fácil, e incluso lo más lógico, sería que enterrásemos a nuestros difuntos en el jardín de la que fue su casa. Pero entonces ya nadie se sentiría en su casa, ni en su mundo, sino sólo  en el de ellos: los temibles difuntos, a quienes conducimos al panteón para poner entre ellos y nosotros no sólo tierra, sino de preferencia un mundo de por medio. Por más que añoremos a nuestros muertos, no queremos estar ni un instante en su mundo. Ni respirar su aire, ni mirar su paisaje.

Más rápida que Superman

Porque hasta cuando sabes que no puedes confiar en nadie te topas con que tienes que confiar. Confías una, dos, diez veces, hasta que claro: llega uno y te acuchilla.

Snoopy se llamaba Supermario

Nunca puedes saber qué tal te va a ir, pero ayuda muchísimo estar de buen humor. Controlas más tus sentimientos, no proyectas tus dudas, tus expresiones te salen exactas a como las quieres.

Greetings from Golgotha!

Si me pusiera cursi te diría que ese libro era mi único amigo. Sólo que yo no tengo amigos, tengo cómplices.

Tac, tac, tac

-Tac- confesó victorioso el Diablo Guardián, y colgó de inmediato el teléfono público, lleno de la satisfacción culposa de quien cumple un deber irremediable. ¿Desampararla? Nunca. Ni de noche, ni de día.

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